Desde hace tiempo
me tenía tumbado con otros debajo de la mesa, tapado con una cortinilla. Allí
tranquilamente sentía cómo iban pasando los días y las horas, también sus pasos de aquí para allá. A veces venía gente y les oía hablar
con ella, hasta que un día...
Sería a comienzo de
verano. De repente entró bruscamente la luz en mi hueco. Noté dos manos que me
movían, me abrazaban, me balanceaban y de pronto me dejaron de golpe en un
lugar alto además giratorio. Oí ruidos del plástico y en seguida sentí un
tremendo peso encima de mí. Resulta que era uno de mis compañeros del hueco
bajo la mesa, al que habían sacado de allí para unirse a mí.
No sé qué estaba
haciendo ella conmigo, sólo sentía sus manos calientes amasándome con fuerza,
fundiéndome con el otro. Iban pasando las horas y aún me amasaba sin cesar,
hasta que de repente oí una voz “¿qué,
cómo va?”, y ella dijo “va”.
Así día tras día,
unas veces con música y otras veces no. O también le oía decír “ahora mira a la ventana”, “mírame a mí”, “ponte
de espaldas” etc. Cuando el sol se iba detrás de los montes, me pulverizaba con agua, me tapaba con una tela mojada y me envolvía con un plástico negro
dejándome en absoluta oscuridad, sintiendo el ruido de las llaves rascando la
puerta, los pasos en las escaleras y el motor del coche.
Un día estábamos
los tres allí y de pronto oí decir a la otra “¡Ay, ya veo!”. No sé qué sería lo que estaba viendo pero parecía
divertido, y ella dijo “¿verdad?” a
la vez que torcía la cabeza para verme desde otro ángulo. Luego cambió el palillo
por otro más plano para alisar mi frente con sumo cuidado diciendo “¡Ah, este entrecejo! Que lo tienes siempre
un poco arrugado.”
Estos días ella
empieza por colocarse las gafas y acto seguido nos miramos fíjamente, luego
hurga suavemente con los palitos donde mis ojos, entre lineas y pupilas o
párpados veo cómo trabaja. La barbilla levantada con un reflejo de bigote, los
labios entreabiertos dejando ver una linea blanca de dientes y estos ojos tan
concentrados detrás de las lentes, observándome con las cejas arqueadas. Y yo
que hasta ahora no me había fijado tan bien en su cara, sus gestos, su pelo y
sus manos. Dijo “después pintaré de negro
los ojos y el pelo”. En un momento me gira hacía atrás y ¡qué es lo que veo!
veo a la otra sentada frente a mí. Tenemos
las mismas facciones, hasta la misma forma de pelo incluido el moño liado en un
palillo, todo igual salvo los ojos y el pelo que los tengo sin pintar. Claro
que ella es de carne y hueso y yo de barro....
Ahora ya no viene la otra, me ha colocado junto a la
ventana y desde allí veo cómo moldea y arranca o añade trozos de barro en una
gordita desnuda.